Mentir a designio

By 30 agosto, 2010Actualidad

No le resultará fácil a la Presidenta obtener la obediencia debida para que la Justicia cohoneste la falacia, la arbitrariedad y las condenas públicas en torno de Papel Prensa.

En su desprejuiciado mensaje al país sobre Papel Prensa y el desbordado tremendismo de pretender encuadrar una transacción comercial en el delito de lesa humanidad, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner prolongó una de las peores tradiciones argentinas: la de «mentir a designio». Y, sobre esa base, anticipar condenas públicas por algo que debe dirimir la Justicia, como ella mismo admitió.

Esa tradición fue instaurada en nuestra historia por Domingo Faustino Sarmiento, quien en su carta del 22 de diciembre de 1845 al general José María Paz reconoce que Facundo , uno de los libros fundacionales de nuestra literatura, es una «obra improvisada, llena por necesidad de inexactitudes (sic), a designio a veces»; admisión de falacias voluntarias que reitera dos décadas más tarde, el 18 de octubre de 1868, en carta a M. R. García, a quien repite que lo escribió «lleno de inexactitudes, a designio a veces».

Podría decirse también que es el trabajo fundacional de la práctica de la mentira sistemática en la polí­tica nacional, pero eso sería un exceso retórico, porque Platón y Aristóteles ya habían reflexionado acerca del tema.

La opacidad de la exposición de la Presidenta, el pasado martes, revelaba su absoluta falta de convicción en lo que decía, atribuible quizá, en cierta medida, a la opinable inteligencia de quienes le habían suministrado argumentos que pretendí­an hacer creíble lo increíble. Pocas horas después del por momentos confuso y nuevo relato de un episodio conocido y totalmente distinto al que contó la jefa del Estado, miembros de la familia Graiver negaron que la operación de traspaso de Papel Prensa se hubiera concretado bajo presión de la dictadura militar, en prisión o en la sala de torturas, como había insinuado el círculo áulico del kirchnerismo.

No le resultará fácil obtener la obediencia debida para que la Justicia cohoneste la falacia, las arbitrariedades y las condenas públicas. Por cierto, siempre habrá algún diligente juez para ganar alguna instancia, pero la prueba de la verdad se producirá cuando el caso llegue a la Corte Suprema. Ricardo Gil Lavedra, ex camarista federal, y Julio César Strassera, ex fiscal General del Juicio a las Juntas, reiteraron que nunca escucharon a la familia Graiver afirmar que la empresa había sido transferida bajo amenazas.

Cuando la Justicia actúe, Cristina y Néstor Kirchner tendrán una nueva oportunidad para comprender que es harto difícil encontrar obsecuencia cuando imperan la integridad, la inteligencia y la brillante formación jurídica, unidas a una intransable independencia de criterio en quienes dictan justicia por la Justicia misma.

Sin duda, la mejor refutación a sus argumentos pertenece a Abraham Lincoln: «Se puede mentir a pocos mucho tiempo; se puede mentir a muchos poco tiempo, pero no se puede mentir a todos, todo el tiempo». («La Voz del Interior)

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