Por Eduardo M. Tyrrell.

María Benita Arias de Cabrera, vino al mundo en épocas violentas en que nadie pudo estar a salvo ni de los ataques de los indios, ni de los abusos de las partidas montoneras de las guerras civiles, desatadas por la obtención del poder en un país que apenas había nacido. Hija de Rafaela Arias de Cabrera.

Madre Maria Benita Arias

Descendiente por línea materna de los conquistadores, los Cabrera, nació en la Localidad de la Carlota en 1822. Fue bautizada el 30 de mayo en un pequeño oratorio de aquella heroica Villa al borde de la tierra incógnita.

Su crianza fue confiada a un matrimonio de esclavos: él, Manuel Mena, un mulato piadoso y trabajador; ella, Florencia Videla, de sangre india y sólidas virtudes. Amaron aquella niña como propia. Tal vez su verdadera familia se vio en la necesidad de confiarla a esta fiel pareja de servidores dadas las circunstancias de constantes zozobras y mortales peligros.

Creció la niña en el amor de sus padres adoptivos; durante su adolescencia con 18 años, dejó su Carlota nativa, al borde del desierto inmisericorde, para ser mejor educada se trasladó a Salto jurisdicción de Buenos Aires. En ella se manifestó tempranamente el deseo de servir a Dios. En 1840 ingresó en la Santa Casa de Retiros Espirituales de la Capital Federal, para servir a la orden Terciaria de Franciscanas, donde su humildad, devoción y espíritu caritativo encontraron ambiente adecuado para profesar. Su angelical dulzura había encontrado la razón de existir, durante treinta años permaneció allí llevando profunda vida religiosa.

Esto ocurría en el propio centro de Buenos Aires, donde había arribado para concretar su vocación, fue por el año 1840 y la capital era apenas una aldea que iba tomando forma de ciudad de campaña.

Quien pudo conocerla personalmente dijo que era bella, de ojos tiernos y expresivos, de límpida mirada, suave sonrisa y voluntad acrisolada. El Claustro fue para ella un cielo anticipado.

Entre los dones de Benita figuraba el canto. La joven religiosa cantaba acompañándose de la guitarra, tal como su padre adoptivo le enseñara en los días de la infancia, allá en Carlota Natal. Cantaba y componía versos que eran disfrutados por sus compañeras y los ocasionales visitantes al convento.

Pero Sor Benita tenía sus miras puestas en otro ambicioso proyecto de servir a Dios sirviendo a su prójimo más humilde: convertir a la Casa de Retiros Espirituales en refugio y asilo de los niños abandonados dando impulso a una nueva congregación con votos reglamentarios. En 1870 viajó a Roma, se entrevistó con el Papa Pío IX y tras innumerables gestiones obtuvo la autorización para concretar su proyecto, pero mucho debió batallar hasta lograrlo. Su amor por los desposeídos, huérfanos y sufrientes pudo de esa manera dar frutos. En 1873 estuvo organizada la Casa Madre, con asilo y escuela, la Casa Matriz se levantó en la calle Paraguay, entre Callao y Rodríguez Peña y hoy tiene varios colegios, sostiene asilos atiende hospitales en el país y el extranjero. A los dos años fue elegida Superiora de esa comunidad cargo que ocupó hasta su muerte.

El Instituto de las Siervas de Jesús Sacramentado se extendió por el país con su obra de amor y cultura.

Murió en Buenos Aires, el 25 de setiembre de 1894, a los 72 años.

Una vida signada por la santidad en el amor a los más necesitados, la elevación de la cultura y por encima de todo: una fe inquebrantable. Sus obras hablan más que las palabras y su vida es un claro ejemplo de que “para las grandes cosas, de los humildes se sirve a Dios”.

En 1936 la Curia Metropolitana inició el proceso de su beatificación y canonización.

Bibliografía: Benita Arias y su tiempo, de Ana Galileano. Archivo Histórico de la Ciudad de Río Cuarto.

Libro: Ranquelito. – Susana Dillon – 1º edición 1999.- 2º edición 2003.

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