En la celebración del Día del Trabajador merece atención prioritaria el análisis de una gran cantidad de personas que tiene empleos de muy baja calidad. Más oculto, pero no menos preocupante, es que también hay muchas personas que no consiguen o ni siquiera buscan una ocupación. La paradoja es que las políticas laborales se proclaman en favor del trabajo, pero son la principal causa de la escasez de buenos empleos. Sin un cambio de paradigma en las políticas laborales, una gran cantidad de personas seguirá teniendo obstáculos para acceder al trabajo.

Uno de los principales factores de desarrollo es que la gente en edad de trabajar efectivamente tenga la posibilidad de insertase en un empleo productivo. Aumentando la proporción de la fuerza laboral que se inserta en el aparato productivo se maximiza la generación de riqueza y se dan las condiciones para el progreso social. Si todos los miembros en edad activa de las familias trabajan, se reducen las tasas de dependencia y con ello aumentan los ingresos totales de los hogares facilitando la inversión en una buena formación escolar de los niños y adolescentes. 
La experiencia de los países de mayor nivel de desarrollo económico y social es contundente. Según datos del Employment Outlook de la OECD, la proporción de la población en edad activa que trabaja se ubica entre el 70% y el 80%. Se incluyen, entre otros, Alemania (70%), Austria (72%), Australia (72%), Canadá (72%), Nueva Zelanda (73%), Holanda (76%), Suecia (72%), Noruega (76%), Dinamarca (76%). 
Para la Argentina, considerando como edades de retiro según la normativa previsional los 60 años para las mujeres y 65 para los varones, y tomando los datos de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC que corresponden a los grandes aglomerados urbanos –los cuales representan el 62% de la población total del país– se observa que:
·         La gente en edad de trabajar asciende a aproximadamente 16,7 millones de personas.
·         De estas personas, los que están empleados son unos 10,5 millones, o sea, el 63%.
·         Los restantes 6,2 millones (el 37%) de personas en edad de trabajar engrosan el grupo de los desempleados (5%) y los inactivos, es decir, personas que no trabajan ni buscan trabajo (32%).
Los datos oficiales ponen en evidencia que los problemas de empleo no sólo se manifiestan por vía del desempleo y la informalidad. Un fenómeno oculto, tan o más importante desde el punto de vista social, es la masiva inactividad: 1 de cada 3 personas que tiene edad de trabajar no se incorpora al mercado laboral. Se trata de un problema estructural, que no se resuelve con el “derrame” del crecimiento económico. Prueba de ello es que entre los años 2004 y 2010, la actividad económica creció en más de un 50% pero la proporción de los inactivos se mantuvo prácticamente estable (habría crecido de 31% a 32%).
Luego de varios años de contexto internacional favorable, la insuficiencia de trabajo productivo sigue siendo masiva. Esto se debe a que las reglas del mercado de trabajo conspiran contra la generación de empleo. Resulta indisimulable una gran contradicción. Muchas de las instituciones laborales son defendidas porque supuestamente protegen el trabajo, cuando en realidad protegen los intereses corporativos, la burocracia y la corrupción.
Por ejemplo, un factor clave para explicar los problemas laborales es la degradación del sistema educativo. No es casual que el empleo precario, el desempleo y la inactividad laboral estén fuertemente concentrados en gente que no tuvo la oportunidad de acceder a una buena educación. Sin embargo, la gestión del sistema educativo está centrada en administrar las presiones corporativas priorizando evitar las huelgas, en lugar de generar incentivos que premien el esfuerzo y el desempeño del trabajo de los maestros. Otro ejemplo, los salarios –especialmente los más bajos– están sujetos a una altísima presión impositiva destinada a cubrir el despilfarro de recursos de la ANSES y aportes compulsivos a los sindicatos. El otro ejemplo es la complejidad legal y administrativa, más orientada a generar ingresos para los intermediarios que a brindar protección a los trabajadores; o el clientelismo de los programas asistenciales que erosiona la cultura del trabajo.   
El trabajo es la vía para el progreso social. Para generarlo, en los niveles que necesita la población argentina, no alcanzan altas tasas de crecimiento de la actividad económica. Tan o más importante es un cambio de paradigma en el sistema educativo, las normas impositivas, las regulaciones laborales y la organización de la seguridad social.

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