Otra vez llega navidad, y cada vez sentimos que el tiempo vuela y los festejos tradicionales de la ocasión se nos vienen encima con una brevedad inapreciable.

La agitación de vida hace inapreciable la velocidad del tiempo, pero ello poca veces cambia la naturaleza de una época que –aun en medio de la peor realidad– resulta hermosa y cuando no, por lo menos reflexiva.

Es una temporada que convoca a la alegría, a la reflexión y paz espiritual, al respiro y al espacio para la expresión sincera entre los hombres, las más de las veces amorosa, justa y humilde.

Son días de diferentes y notables manifestaciones, ya de alegría, tristeza por el recuerdo o en el peor de los casos por una preocupante realidad, social, familiar o económica.

Todas y cada una convergen de alguna forma en el individuo. La social es la expresión sin máscara de la realidad económica, la cual nos encuentra en esta época probablemente con poco parecido a otros tiempos.

Un primer signo de este clima tan especial es la benevolencia: nos sentimos sinceramente impulsados a desear felicidades a todos, incluso a personas extrañas o que nos serían indiferentes en otras circunstancias. Al mismo tiempo, la mirada interior se vuelve introspectiva, esencial, e invita a hacernos preguntas sobre nosotros mismos y sobre nuestra vida. Experimentamos con especial intensidad la importancia de los afectos y la necesidad de buscar la cercanía de familia y amigos.

La Navidad es también una especie de tregua para el pudor que en otros momentos no nos permite expresar el anhelo de un mundo mejor. En estos días somos capaces de formular nuestros deseos en voz alta, sin complejos, porque no nos parecen pueriles e ingenuos, y nos alegramos al descubrir, sorprendidos, que otros los comparten. De diferentes maneras rendimos homenaje a los valores más altos que confieren sentido y dignidad a la vida, aun cuando seamos conscientes de cuántas veces no los honramos efectivamente con nuestra conducta.

Estando la sensibilidad a flor de piel, es posible que muchos conflictos se reaviven, pero con frecuencia se torna evidente la existencia de un vínculo de solidaridad con las demás personas más profundo que cualquier diferencia o enfrentamiento. En la Edad Media, el Adviento y la Navidad estaban amparados por la Tregua de Dios: era un tiempo litúrgico en que los señores feudales deponían las armas, como signo de que la violencia no es el destino último del mundo. Son célebres también las crónicas de la Navidad en las trincheras, durante la Primera Guerra Mundial, que narran cómo durante días enteros los soldados de ambos bandos dejaban sus puestos de lucha para confraternizar, recuperando así la conciencia de su común humanidad, aunque poco tiempo después debieran sumergirse nuevamente en los horrores del combate.

Sería difícil negar la vinculación que este anhelo navideño de paz, en sus múltiples expresiones, guarda con el mensaje cristiano. Si no es siempre su resonancia directa, en todos los casos puede considerarse como un eco más o menos lejano. Es que el anuncio cristiano de estos días contiene algo original e inaudito, que se expresa con una sencillez sublime y conmovedora en los versos de la Navidad Criolla: “Es Nochebuena, no hay que dormir: Dios ha nacido, Dios está aquí”.

Sí, hay paz porque “Dios está aquí”, con nosotros, porque ya no estamos separados de él, ya no estamos solos. Dios ha venido a nosotros, no desde arriba, “rasgando los cielos” (cf. Isaías 63,19), sino desde dentro del mundo, como un niño recién nacido. Su amor por nosotros toma la forma más humana, la más vulnerable y dependiente, la más humilde y discreta, y al mismo tiempo la más abierta y receptiva a toda respuesta positiva de amor. Por eso el pesebre irradia un espacio de luz en el que las defensas pierden sentido. En ese mundo donde reinan los niños no hay nada que temer: las miradas torvas se iluminan, los labios apretados se distienden, los corazones endurecidos se entibian. La paz ansiada por todos se hace presente como un don de Dios, que algunos reconocen y otros tan sólo presienten, pero que siempre lleva en sí una fuerza ilimitada para reconciliar y congregar.

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A la luz de este gran misterio, no podemos dejar de pensar en la situación de nuestro país, atravesado hoy por profundas y amargas divisiones. El calendario tradicional que tiene las fiestas como horizonte ha sido reemplazado en estos días por otro, más bien sombrío, jalonado de acontecimientos amenazantes para unos y para otros, versiones contrapuestas de la “Hora de la Verdad”: el “8N” vs. el “7D”, la confrontación política como un “todo o nada” que atraviesa todas las dimensiones de la vida hasta no dejar punto alguno de contacto entre las dos orillas. Amigos o enemigos, la dialéctica que no deja lugar para la comunión en la diferencia.

Qué importante sería este año poder vivir con mayor conciencia el tiempo de la Navidad y generar un espacio para reencontrarnos, salir de nuestras trincheras; por un momento mirarnos de cerca y descubrir qué profundos son los vínculos que todavía nos unen.

¿Es posible la paz en nuestro país? ¿Es posible alcanzar ese fundamento de concordia y reconciliación que es presupuesto para cualquier proyecto viable de nación? La Navidad, el don divino de la paz, nos da a los creyentes la firme esperanza de que sí es posible, aunque para alcanzar esta meta sea necesario comprometer todas nuestras energías. Y aun para aquellos que no tienen fe, la Navidad seguirá siendo el recordatorio de una paz que, si no consideran posible alcanzar, al menos no pueden dejar de anhelar.

Feliz Navidad para todos, especialmente para nuestros lectores, anunciantes, amigos y relacionados.

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